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Plan de recuperación vital

En medio de la nebulosa mental que me asiste, a veces vuelvo a la playa de los instantes vividos, a recoger esos restos de memoria que se d...

sábado, 3 de febrero de 2018

Lluvia

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Los vientos aliados rompieron la monotonía de la tarde y con prisas, unieron las masas dispersas de nubes eliminando los tonos de azules para dejar un uniforme cielo gris tenso. A pesar de la primavera, Mayo se comportaba como un insoportable otoño lluvioso y frío de modo que a medida que pasaban las semanas y se aproximaba el solsticio de verano más llovía.
Aquella tarde la atmósfera pesaba como el plomo y los pájaros parecían querer precipitarse sin remedio y sin destino concreto. El campo mostraba un verde inusual y la humedad intentaba apartar la vitalidad de la gente exhalando una especie de moho del sueño que mantenía aletargada a las masas. Así, en las sobremesa, además del sonido hondo del aguacero comenzaron a oírse rotundos golpes en el suelo del patio. Soledad, como de costumbre, atenta a la novela de las cinco, se asustó. Impaciente se asomó por la ventana y con sorpresa vio como las lozas se llenaban de golondrinas que atolondradas caían en el geométrico pavimento.
Bajó a la calle y una lengua de agua corría veloz. Asustada, cerró con firmeza la puerta y tapó las rendijas con toallas y paños en un intento de amortiguar las olas de agua que comenzaron a colarse en el zaguán. Como un soldado que a la avanzadilla inspecciona el campo de batalla, fue mirando una por una todas las habitaciones y apartados de la casa para confirmar que las ventanas estaban bien cerradas. Atemperando sus nervios e inquietud, descolgó el teléfono para llamar a su vecina Petra. Sin éxito comprobó que no había línea.

viernes, 19 de enero de 2018

La fría habitación

Elisa descubrió en los brazos y el cuerpo de Zacarías a un amante experimentado. La genética se portaba tan bien con él que su piel se mantenía turgente y aún apetecía al bocado femenino. Elisa se sentía plena, tranquila y después de hacer el amor no padecía aquella angustia que tiempo atrás, en otras relaciones, le hacía pensar que así no, que ese modo no era el que a ella le satisfacía. Ahora los cuerpos terminaban escribiendo el final feliz de una historia y a cada vez, nueva y diferente. De él sabía que tenía cuatro hijos de su primera y única mujer. Mujer a la que él veneraba y a la que visitaba religiosamente y por la que sentía casi un amor filial porque Elvira, pasaba sus días olvidando quién era y por qué, aquel guapo señor le regalaba flores amarillas y pequeñas canastillas de hojaldre con cabello de ángel.

Elvira era una imponente mujer que sin la oportunidad de vivir una infancia llena de amor, atenciones, educación y felicidad, supo hacerse a si misma, que aparte de su belleza, fuerza e inteligencia enamoró por su alegría. La compañera a la que Zacarías no olvidaba y a la que la no memoria le arrebató demasiado pronto. Sus hijos crecieron entre la determinante voluntad maternal de tener que ser excelentes en todo lo que hicieran y el amor incondicional y extremado de una madre que no ahorraba en abrazar, besar y sonreír.

Con sus gozos y sus sombras, el matrimonio estuvo lleno de ricas experiencias y de ventajas para los hijos gracias a la labor de hormigas de sus progenitores. Una unión sólida, pero rota a pedazos por ese maldito intruso que cuando aparece con las maletas cargadas se instala sin remedio en los huesos del hogar y ya no deja pieza en su lugar. Elvira comenzó a tener descuidos y olvidos después de cumplir los sesenta y de ahí hasta perder su identidad sólo hicieron falta tres años.

miércoles, 15 de febrero de 2017

Trabajar en vivir si trabajo

El reloj analógico del salón estaba parado, marcaba las once y cinco, formando un perfecto triángulo isósceles. Ese reloj era una metáfora perfecta de su vida detenida. Si bien lo cotidiano era un no parar, ella sentía que tal actividad era pura ironía porque su mente enviaba desidia hacia cada neurona. 

El castigo de la crisis retumbó feroz dejándola sin empleo y de un minuto a otro la valía, el reconocimiento y el saber profesional corrieron calle abajo como corre el agua torrencial de la lluvia cuesta bajo hasta hundirse en el río del olvido. A partir de entonces tuvo que trabajar en vivir sin trabajo y esa tarea se hizo compañera de las mañanas, las tardes, los días, las semanas, los meses y los años; costumbre que fue rumiada como una pasta indigesta, aborrecible, amarga y difícil de tragar. Cayó el telón que puso fin a una obra y comenzó sin permiso otra cuyo guión ya no le pertenecía.